Cada 10 segundos, muere una persona por falta de actividad física

Según la Organización Mundial de la Salud, 3,2 millones de defunciones se atribuyen a esta falta de actividad física cada año.

¿Por qué nos gusta tanto el sedentarismo si sabemos que perjudica nuestra salud? (*)

¿por qué somos incapaces de ser físicamente activos incluso teniendo la intención de hacerlo?

Pareciera que la “ley del mínimo esfuerzo”, una molesta herencia de la evolución, permite explicar esa tendencia al sedentarismo.

Aunque esta atracción al sedentarismo parezca paradójica actualmente, es lógica cuando se examina desde el punto de vista de la evolución. Cuando era difícil acceder a los alimentos, con los comportamientos sedentarios se podía ahorrar energía, algo que resultaba fundamental para la supervivencia.

Esta tendencia a reducir al mínimo los esfuerzos inútiles podría explicar la pandemia de la falta de actividad física actual, ya que los genes que permiten sobrevivir a los individuos son más susceptibles de estar presentes en las siguientes generaciones.

La respuesta a ese sedentarismo, implica ser más “eficientes, no perezosos”.

Con todo, no debemos creer que hemos evolucionado únicamente para reducir al mínimo los esfuerzos inútiles, sino que lo hemos hecho también para ser físicamente activos. Hace alrededor de 2 millones de años, cuando nuestros ancestros pasaron a un modo de vida de cazadores-recolectores, la actividad física se convirtió en una parte inherente de su vida diaria, ya que recorrían entonces una media de 14 km al día.

Por lo tanto, la selección natural favoreció a los individuos capaces de acumular una gran cantidad de actividad física, al mismo tiempo que dosificaban la energía. En estos individuos, la actividad física estaba asociada a la secreción de hormonas antidolorosas, ansiolíticas o incluso euforizantes.
¿Como combatir el sedentarismo?

Al igual que nuestros ancestros, la gran mayoría de nosotros no practica una actividad física a menos que sea divertida o necesaria, el mejor modo de fomentarla es hacerla agradable. Por consiguiente, es necesario (re)estructurar nuestros entornos para favorecerla, sobre todo durante nuestros desplazamientos diarios.

Por ejemplo, las políticas públicas deberían desarrollar infraestructuras y espacios públicos abiertos, seguros y bien mantenidos para favorecer el acceso a entornos adecuados para correr, montar en bicicleta y realizar cualquier otra actividad física. La arquitectura de los nuevos edificios también debería fomentar nuestra actividad física a lo largo del día, dando prioridad al acceso a las escaleras, los puestos de trabajo de pie, etc.

(*) Parte del contenido fue tomado de la publicación de: Boris Cheval, PhD. Neuropsychologie de l’activité physique, Université de Genève; Matthieu Boisgontier, PhD, Neuroscience and Kinesiology, University of British Columbia y Philippe Sarrazin, Professeur des Universités, Université Grenoble Alpes. The Conversation. 2019.

 

AUTOR: Jorge Lobo

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